Una mirada primera
Según la historia recibida, la filosofía emerge desapegándose de la forma expresiva del mito, el paso del Mito al Logos es el acontecimiento fundador de la filosofía. En este sentido, aún cuando la concepción misma de racionalidad pueda ser un asunto debatible, como mínimo, se puede asumir que la empresa filosófica, desde su mismo inicio, ha implicado la búsqueda dialogada de “razones” en lugar de “tradiciones” para constituir el conocimiento y guiar la acción humana.
Así, la directiva de “racionalidad” ha sido la marca distintiva del pensamiento filosófico desde su mismo origen.
Por otra parte, mirado desde la ventaja de la perspectiva histórica, el quehacer filosófico ha sido siempre una acción cognoscitiva realizada en un momento socio-histórico y un espacio geográfico concretos, esto aún cuando los objetivos proyectados, las más de las veces, miren al cielo intemporal y universal de las ideas. Para quienes han salido del falso paraíso del consumismo y han logrado trascender las claves socialmente construidas de interpretación de la realidad, nuestro tiempo está cargado de dudas; el escepticismo cruza hoy todas las fronteras las políticas, las religiosas, las morales e incluso, para muchos también, las científicas.
Ya sea como culminación de la modernidad, como hipermodernidad o como postmodernidad, hoy tenemos clara conciencia que estamos viviendo un momento muy crítico en nuestra historia.[1]
Hacer filosofía en un ambiente cultural poco proclive a lo racional y más tendiente a un “nihilismo cognoscitivo” es una empresa francamente desoladora.
Por un lado, implica enfrentarse a una diversidad de ideas casi sin límite, quizás no sería exagerado afirmar que prácticamente todas la tendencias filosóficas desarrolladas en la historia están hoy vigentes animando las múltiples comunidades filosóficas actuales. Por otra parte, el filósofo nunca llegó a ser el rey sabio de la Republica y confinado, casi siempre, en el retiro intelectual del claustro universitario, ya ni sueña en participar activamente en el destino de la polis, la que ya no es gobernada, sino administrada desde los cómodos escritorios del dinero.
Pero no hay que olvidar que si bien nuestra historia es la historia de occidente desencantado, es también la historia de Latinoamérica donde la modernidad nunca llegó a consolidarse y la posmodernidad es más una moda intelectual y cultural que un desencanto efectivo. Por esto, hacer filosofía aquí y ahora, es hacer filosofía desde un lugar y tiempo aún por realizarse, por eso quizás, y a pesar del aparente avance inexorable de la globalización económica y cultural, la presente mirada no es sombría sino francamente alentadora, es intentar buscar la anhelada sophía filosófica, desde una perspectiva fresca, actual, prometedora, que sin desconocer lo crítico de nuestro momento, se centra más en las posibilidades que esta crisis conlleva, que en los problemas ya generados.
Si bien el filósofo no puede salirse y permanecer fuera del mundo, puede intentar “estar en el mundo sin ser del mundo”, puede ubicarse en su orilla y pensar-soñando que un horizonte más bello y más plenamente real, se aproxima sigilosamente.
[1] Berman, Barzun, Echeverría

Sobre letras redondeadas se abre el camino para este caminante, que inicia el recorrido con poco equipaje y muchas espectativas.

